La Prostitución en Sevilla del siglo XVI

La lujuria: ese caballo desbocado que las autoridades sevillanas intentaron controlar con las Mancebías

Sevilla era una ciudad en la que abundaba la prostitución, más en el puerto y en barrios bajos de la ciudad. También había prostíbulos elegantes, pero esos eran como un “Casino para caballeros”. Las prostitutas corrientes estaban bien definidas en las Partidas de Alfonso X como mujeres “que están en la putería e se dan a todos cuantos a ellas vienen“. Eran mujeres “que ganaban por las tavernas e bodegones e otras partes” en barrios donde habitaban rufianes y gente de mal vivir. Se les llamaba Mancebías.El barrio del que hablamos era llamado “Compás de la Mancebía“, hoy es la zona de la Plaza Molviedro y calles Castelar y Gamazo-, y que antes se extendía entre la Puerta del Arenal y la Puerta de Triana, la muralla y una tapia que le aislaba del resto de la ciudad.

En cuanto a la Iglesia, ellos declaraban que el acto sexual estaba permitido sólo si su único objetivo es la procreación, si no… pues s ele consideraba pecado de lujuria.

Tomás de Aquino, en su Tratado del matrimonio, establecía la jerarquía de los pecados relacionados con él: “Es pecado mortal si existe el deseo de placer; venial si es sólo aceptación resignada del placer y si éste se odia, no es pecado…”

Es importante mencionar además, que la falta de higiene provocaba enfermedades venéreas mortales como la sífilis, el mal llamado “mal francés” y otras más como ampollas en los genitales.

“Salveos Dios, la gran Sevilla
mar de todos los placeres,
refugio de mercaderes,
joya del rey de Castilla…”

(Torres Naharro, Bartolomé: 1485-1540)
FUENTE: “Crime and Society in Early Modern Seville“, Mary Elizabeth Perry (Capítulo 10: “Lost Women”)

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“…Tenía catorce años, cuando mi madre me pintó la boca de carmín y me vendió al mejor oferente de esa noche. No es que haya sido una sorpresa para mí, crecí en el mismo mesón que mi madre perdió su propia virginidad. Era familiar, la diferencia es que antes era la recadera, la mandadera y la que limpiaba el vómito y demás porquerías de los cuartos.

Vivía entre tetas, alcohol y majaderías. Los clientes eran tristes y miserables obreros que venían a divertirse un rato los fines de semana, dejando la mitad de su salario y regresando a su casa con una resaca y alguna enfermedad venérea de regalo. La única vez que íbamos a misa, era el viernes de cuaresma donde el cura nos confesaba y nos daba sermones de arrepentimiento. Algunos de esos curas se tardaban más con alguna pecadora que luego, salía limpiándose la boca y acomodándose las enaguas…”

Capítulo 4. Pag. 67 “Catalina Sánchez de Sevilla” en Los Conquistadores no iban solos.


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